La frase del título es un recuerdo de mi infancia. Como saben soy de nacionalidad argentina. Cuando era pequeña llamábamos "prenda" a una especie de precio que teníamos que pagar cuando perdíamos en un juego. No era dinero, sino algo que teníamos que hacer que nos ridiculizaba o nos daba vergüenza. Era muy divertido !!!

Con lo que les voy a contar seguro se van a reir, como aún me sigo riendo yo después de tantos años. Aunque sucedió hace bastante tiempo atrás, no se trata de mi niñez sino que el relato corresponde a cuando era yo muy joven, y a pocos años de haberme recibido de Asistente Social. Ese es mi título, aunque yo prefiero asignarme el de Trabajadora Social.

Corría el año 1982, trabajaba en una escuela suburbana de muy difícil acceso. Yo apenas estaba dando mis primeros pasos como profesional y formaba parte de un Equipo de Orientación Escolar. Uno de los integrantes evaluaba a los niños en sus problemas de aprendizaje, otro se encargaba de aplicar técnicas de enseñanza diferentes para los niños que tenían dificultades para avanzar y pudieran recuperarar conocimientos y yo me encargaba de las cuestiones familiares, entrevistas con los padres, visitas domiciliarias, talleres con los chicos más grandes, etc.

Una de las tareas que fue necesario hacer en una situación especial con una niña de 10 años, consistió en realizar una visita domiciliaria, para lograr que ella retomara su actividad escolar dado que presentaba inasistencias reiteradas y luego continuas.

Tenía pocos datos sobre la familia, así que era el momento propicio para establecer un vínculo más cercano y escuchar, en la medida de las posibilidades, la opinión de los padres en relación al ausentismo de la niña.

La verdad es que no sabía con qué me iba a encontrar. Por aquellos años iba sola a realizar este tipo de entrevistas domiciliarias.

Tuve que ir 5 veces a la casa, 4 de las cuales fueron infructuosas.

En la primera vez, pude encontrar a la niña pero me anunció que su mamá había ido a hacer mandados. Le dejé una nota solicitándole que se presentara en la escuela.

En la segunda oportunidad, como la mamá no se presentó a la cita, concurrí nuevamente al domicilio. No encontré a nadie.

En la tercera visita, nuevamente la niña acude a la puerta, anunciándome que su madre y su padre habían ido con el hermanito al hospital. Vuelvo a dejar una citación para que se presenten en la escuela. Sin embargo, en la puerta, converso un ratito con la chiquita quien manifiesta que en muchas oportunidades debe quedarse a cuidar a los hermanitos.

En la cuarta vez, nuevamente la niña es la que me informa que la mamá no ha podido ir a la escuela porque no se encontraba bien. Además expresó que tenían dificultades para levantarse porque no tenían despertador. Aunque esta vez la noté incómoda, tal vez inquieta y con el ánimo de hacer breve la respuesta. Sin duda, pude observar cierta inseguridad al responderme.

A esta altura Uds. se preguntarán qué tiene esto de gracioso.
Pues la quinta vez, fui decidida a encontrar respuestas. Tan decidida estaba que cuando nuevamente la niña salió a atenderme y me explicó que su madre estaba descompuesta, le dije que no se haga problema, que yo tenía que entregarle una citación en mano y que era necesario que yo pasara para ver si su mamá o hermanitos necesitaban algo. De manera que ingresé, sin dar otra explicación, a una vivienda en la que existen como única división de ambientes unas sábanas colgadas. Ante mi pedido la niña me indicó dónde estaba su madre y ¿a que no saben lo que "me" pasó? La señora estaba con su pareja en la cama, ¡¡¡¡¡¡¡ con una cara de felicidad ambos !!!!!!!! Se taparon rápidamente y me prestaron atención, como si nada hubiera pasado. Yo también me hice la distraída y la entrevista se redujo a unas pocas palabras, pronunciadas por mi mecánicamente, porque no podía creer lo que me había pasado. Sólo ultimé detalles para que se presentaran en la escuela "cuando la señora se mejorara". Salí del lugar despidiéndome muy amablemente de ambos, en el propio lecho matrimonial.

Desde que salí, no paré de reirme por un rato largo. Cuando llegué a la escuela y comenté, no se imaginan las bromas que tuve que soportar.

Es que cualquier cosa hubiera imaginado, menos esa situación.

Les cuento que así logré que la mamá no sólo acudiera cuantas veces fuera citada a la escuela sino además que la niña concurriera con regularidad a clases. ¿Qué les parece?

Repito: era joven, recién empezaba a trabajar, tenía poca experiencia e intuía que algo raro pasaba. Ja Ja !!!

Claro, imaginarán que cuando alguien de mi equipo relataba que se había sentido descompuesto, en los meses que siguieron al hecho, entendíamos perfectamente qué nos había pasado el fin de semana.

Lógicamente este relato se circunscribe a una sola parte, a una unidad de análisis que se enfoca sólo desde lo que yo viví. En la próxima podemos dialogar acerca de la situación de la niña, de sus sentimientos, de su estima, del estado de abandono que sufría y del valor que le asignan algunas familias argentinas a la educación que se encuentra menoscabada.

Sin embargo, este blog se nutrirá de todos Uds. Me río de mi. Luego podré analizar mi inexperta práctica profesional de ese momento. Pero les aseguro que fue una anécdota que no olvidaré jamás.

Espero que puedan disfrutar con la lectura, como lo disfruto yo escribiéndolo. Muchos cariños a todos. Ani